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El Concurso Insular de Quesos Pinolere premia a Montesdeoca, La Florida y Majuca en una edición con 71 quesos de 30 queserías
El queso de Tenerife volvió a demostrar que detrás de cada pieza hay mucho más que leche, cuajo y maduración. Hay ganadería, territorio, razas locales, economía rural y una forma de mantener vivo el paisaje. El Salón Noble del Cabildo de Tenerife acogió la entrega de premios del XIII Concurso Insular de Quesos Pinolere 2026, una cita consolidada que reconoce la calidad, la innovación y la tradición del sector quesero de la isla.
El máximo galardón del certamen, la Gran Medalla de Oro, fue para Quesería Montesdeoca, de Adeje, por su Queso Añejo de Leche Pasteurizada de Cabra con cobertura de Gofio. Una elaboración que une maduración, identidad caprina y un ingrediente tan simbólico como el gofio, convertido aquí no en simple acompañamiento, sino en parte del carácter del queso.
El premio Pedro Molina Ramos al Mejor Queso Fresco de Tenerife recayó en Quesería La Florida, de San Cristóbal de La Laguna, por su queso fresco de leche cruda de cabra. La misma quesería sumó además una Medalla de Oro en la categoría de frescos ahumados, confirmando el peso de las elaboraciones más directas y tradicionales dentro del palmarés.
La tercera gran distinción fue para Quesos Majuca, de Arico, que obtuvo el premio a la Mejor Imagen por el diseño y presentación de su queso de cabra madurado. Un reconocimiento que subraya una realidad cada vez más evidente: la calidad del producto necesita también relato, presencia y capacidad para competir en el mercado desde una imagen cuidada.
En esta edición participaron 71 tipos de queso procedentes de 30 queserías de Tenerife, divididos en categorías tradicionales y no tradicionales. El consejero insular de Sector Primario, Valentín González, destacó el papel de ganaderos y queseros en la conservación del paisaje, la protección de las razas autóctonas, la economía rural y la soberanía alimentaria de la isla.
Pinolere vuelve así a situar el queso en el lugar que merece: no como un producto menor de la despensa, sino como uno de los grandes emblemas gastronómicos de Tenerife. Un alimento que habla de manos, de animales, de pastos, de medianías y de una cultura rural que sigue encontrando en cada premio una forma de resistencia y futuro.




