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Del viñedo al fondo del mar: la apuesta de El Rebusco

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Con capacidad para 30.000 liters, la bodega suma vino submarino, enoturismo y aceite a su proyecto en el Güímar Valley

El Rebusco Bodegas ha encontrado en la diversificación una manera de crecer sin perder de vista el viñedo. Desde el Valle de Güímar, el proyecto dirigido por Javier Luaces y Deborah Díaz combina elaboración de vinos, experiencias de enoturismo, envejecimiento submarino y, desde este año, una nueva línea de aceite de oliva virgen extra.

La bodega atraviesa estos días una nueva vendimia y cuenta actualmente con instalaciones capaces de producir alrededor de 30.000 litros de vinos blancos, rosados y tintos, elaborados fundamentalmente con uvas procedentes de sus propias fincas. Lo han conocido de primera mano el consejero de Agricultura, Cattle raising, Fisheries and Food Sovereignty of the Government of the Canary Islands, Narvay Quintero y el consejero delegado de la empresa pública Gestión del Medio Rural de Canarias (GMR Canarias), Juan Antonio Alonso. Les explicaron que parte de la materia prima se adquiere también a otros viticultores de la comarca.

Sus vinos están amparados por la Denominación de Origen Protegida Valle de Güímar y encuentran su principal mercado en Tenerife. La firma ha optado por comercializarlos directamente en establecimientos especializados y restaurantes seleccionados, prescindiendo de distribuidores para mantener un contacto más cercano con sus clientes. Aproximadamente un 10% de la producción viaja a otras islas y a la Península.

Vinos que también descansan bajo el Atlántico

Entre las iniciativas que distinguen a El Rebusco figura su bodega submarina, considerada por sus responsables la primera instalación modular permanente de Canarias destinada al control y envejecimiento de vinos bajo el mar.

Tiene capacidad para unas 5.000 botellas y se encuentra a 18 meters deep. Allí los vinos permanecen sometidos a unas condiciones particulares de temperatura, humedad, presión, ausencia de luz y movimiento provocado por las mareas. La bodega sostiene que este entorno influye en la evolución de las elaboraciones, especialmente en su expresión aromática y textura.

Es, probably, la cara más llamativa de un proyecto que comenzó bastante antes.

La marca El Rebusco nació en 2010 como continuación de una tradición agrícola familiar vinculada a fincas de las zonas altas de Arafo y las medianías de Candelaria. La incorporación de Luaces y Díaz en 2020 marcó el comienzo de una etapa de modernización, con nueva maquinaria, ampliación de las instalaciones y una orientación más decidida hacia la elaboración de vinos y la divulgación de la cultura vitivinícola de la comarca.

Ambos son técnicos superiores en Vitivinicultura formados en la Escuela de Capacitación Agraria de Tacoronte, un perfil que aporta al proyecto uno de los elementos que más preocupan actualmente al campo canario: the generational change.

La bodega como lugar al que ir

El vino, however, es solo una parte del planteamiento. El Rebusco ha desarrollado también una programación ligada al enoturismo, con talleres de cata, jornadas gastronómicas dedicadas al producto local, actividades vinculadas a celebraciones tradicionales y rutas teatralizadas.

Sus instalaciones han recibido durante los últimos años visitantes procedentes de more than 30 countries.

Esta vertiente del negocio le valió en 2024 el Premio Enogastroturismo a la Iniciativa Empresarial, concedido por la Cátedra de Agroturismo y Enoturismo del Instituto Canario de Calidad Agroalimentaria y la Universidad de La Laguna. El reconocimiento puso especialmente el acento en la recuperación y dinamización de las fincas agrícolas de Arafo y Candelaria.

Del vino al aceite

La última pata de esa diversificación ha llegado desde otro cultivo. A comienzos de 2026 la empresa sacó al mercado su primer aceite de oliva virgen extra.

La producción agotó sus existencias en apenas cuatro meses, según la información facilitada por la propia bodega, y la intención de sus responsables es mantener esta línea en próximas campañas.

El Rebusco dibuja así un modelo de pequeña empresa vitivinícola que intenta ampliar el valor de la uva más allá de la botella: producir vino, venderlo directamente, generar experiencias alrededor del viñedo y aprovechar otras posibilidades agrícolas del territorio. Un camino en el que tradición familiar, formación y cierta voluntad de experimentar —incluso a 18 metros bajo el mar— terminan compartiendo proyecto.

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