|
Escuchar este artículo ahora
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Nacho Manzano y Braulio Simancas protagonizaron en Costa Mágica una clausura marcada por el diálogo entre territorios, producto y paisaje
Quizá debería comenzar esta crónica precisando que la clausura de Paisajes al Plato en Costa Mágica no fue exactamente una cena sobre el Atlántico. Fue algo más interesante: una conversación entre territorios. A un lado, la mirada vegetal, fría, precisa y casi húmeda de Nacho Manzano, construida desde la memoria de Casa Marcial, en La Salgar (Arriondas, Asturias) con tres Estrellas Michelin, Estrella Verde y Tres Soles Repsol. Al otro, la cocina reconocible, salina y profunda de Braulio Simancas, un Sol Repsol y Bib Gourmand Michelin, uno de los cocineros que mejor ha sabido llevar la despensa canaria al lenguaje contemporáneo. Entre ambos, La Laguna: su costa, sus productos, su memoria dulce y ese paisaje del norte de Tenerife interpretado por Paisajes al plato, iniciativa consolidada por The Showromm Mag, personalizado en Antonio Rosales -dueño de una sensibilidad innata para la hospitalidad- y todo su equipo.
El proyecto parte precisamente de esa idea: Tenerife no solo como postal, sino como materia sensible; no solo como destino, sino como paisaje que puede contarse desde un plato, un producto o una emoción. La propia organización define cada edición como un encuentro entre paisaje, cocina, producto local, sostenibilidad y experiencia.
El escenario reforzó el sentido de la propuesta. Costa Mágica, concebido como hotel boutique frente al océano, trabaja una experiencia ligada al ritmo del mar, a las vistas atlánticas, al bienestar y a una oferta gastronómica que reivindica ingredientes locales y naturales dentro de una cocina de vocación mediterránea y kilómetro cero. No era un lugar neutro: la cena necesitaba horizonte, brisa y una cierta teatralidad marina para que el discurso no quedara encerrado en la mesa.
El menú arrancó con Nacho Manzano, pero no desde una imitación del paisaje canario, sino desde su propio mundo. Esa es la clave. El cocinero asturiano no vino a disfrazarse de territorio ajeno, sino a aportar el suyo: la sensibilidad de la huerta, la acidez vegetal, la finura láctea, el frío elegante, el bosque y la montaña que en Casa Marcial dialogan con el Cantábrico. Su secuencia —cuajada de apio, algas, pepino y granizado de acederas; espárrago blanco, helado de espárrago, caviar y flor de borraja; perrechico, flor de saúco y piñones— funcionó como una apertura nítida, más sugerente que literal.
Después llegó Braulio Simancas y la cena cambió de temperatura. Con él apareció una Canarias más directa, más reconocible y más gustativa. Pimiento asado, cherne salado y majado de cilantro fue una síntesis muy precisa de mar, salazón y mortero. Cochino negro canario, adobo y asaduras llevó el menú hacia la memoria rural, la casquería, el aprovechamiento y esa cocina popular que no necesita maquillarse para ser contemporánea. El tramo dulce completó el relato desde La Laguna. Naira Domínguez y Marta Santos, de La Princesa by Free Heart, presentaron una Piscina natural de Bajamar con queso de cabra, piña y sablé de gofio. El plato tenía algo de postal, sí, pero también de apropiación inteligente del paisaje.
El pan de Panadería Zulay y el café con mini repostería de López Echeto terminaron de situar la cena en el municipio.
El resultado fue una clausura con más lectura que espectáculo. Paisajes al Plato no cerró con una simple exhibición de nombres, sino con una idea gastronómica más compleja: demostrar que un territorio también puede contarse por contraste.
En una época en la que tantas cenas gastronómicas se parecen demasiado entre sí, esta tuvo al menos una virtud: no confundió paisaje con decorado. Lo utilizó como argumento. Y en Costa Mágica, con el océano al fondo, esa diferencia se notó.










