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Platocanario.es Pescadores en la isla de La Graciosa (FOTO: Javier Reyes Acuña/memoriadelagraciosa.com)

La Graciosa y la industria del salazón

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El valor estratégico de La Graciosa, cercana al continente africano y a sus excepcionales  caladeros de pesca, la convirtió en espacio privilegiado para acoger una industria de salazones.

Las primeras referencias escritas que se conocen sobre La Graciosa están contenidas en dos obras anteriores a la conquista. Tal y como refiere Agustín Pallarés Padilla en su Resumen histórico de La Graciosa, publicado en las páginas de Lancelot del 14 de mayo de 1994, la cita más antigua aparece en una obra anónima de mediados del siglo XIV, conocida como Libro del conoscimiento. En ella se dice: Sobí en vn leño (tipo de embarcación de la época) con vnos moros e llegamos a la primera isla que dizen Gresa e apres della es la isla de Lançarote…”. Posteriormente, una crónica relata la infausta razzia que sufrió Lanzarote en 1393: En esta año (…)fallaron la isla de Lançarote junto con otra isla que dicen La Graciosa…”.

Con todo, la primera noticia documentada sobre la isla está ligada a la primera arribada, en julio de 1402, de la expedición comandada por los conquistadores europeos al archipiélago. En Le Canarien, manuscrito redactado por los clérigos presentes en aquel episodio, puede leerse: Luego partieron del puerto de Cádiz y se internaron en alta mar, y tuvieron tres días de bonanza sin apenas adelantar en el camino; después mejoró el tiempo y en cinco días llegaron al puerto de la isla de La Graciosa y desembarcaron en Lanzarote”.

El hecho es que La Graciosa debió convertirse en la base desde donde partieron las primeras operaciones de contacto con los indígenas de Lanzarote, tal y como apunta Agustín Pallarés, además de lugar de excepcionales condiciones para el fondeo.

Lo cierto es que en adelante se suceden las menciones, ya sea  como parte de historias cuajadas de traiciones entre los propios conquistadores, por las escalas de navíos de diferentes nacionalidades en el fondeadero de El Río o bien como escenario de las frecuentes incursiones piráticas.

Asimismo, figura La Graciosa en relatos de prestigiosos viajeros. El ingeniero militar Leonardo Torriani traza su orografía y además describe las colonias de pardelas, sobre las que dice se obtenía, además de carne, un preciado aceite usado como combustible en los candiles. También el marino, comerciante y colono escocés George Glas -que algunos consideraban un espía al servicio de Su Majestad británica- recoge las impresiones de su visita a Lanzarote en la obra The history of the discovery and conquest of the Canary Islands, publicada en 1764, un concienzudo análisis centrado en instrucciones para una correcta  navegación. “Es un lugar adecuado en verano para carenar (varar) barcos grandes”, y acometer reparaciones, al tiempo que aconseja la instalación en Canarias de una factoría para la salazón de pescado, argumento que compartieron años más tarde Baker Webb y Sabin Berthelot, recogido en su obra Histoire Naturelle des lles Canaries, tras recorrer aquel territorio en 1829.

Asimismo, una sobresaliente pareja de amigos y naturalistas, Alexander von Humboldt y el francés Aimé Bonpland, a finales del siglo XVIII y de escala rumbo a Tenerife, también pusieron pie en La Graciosa, concretamente el 17 de junio de 1799. Humboldt, en su obra Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo, deja escrito:Nunca he visto en Europa hialitas (ópalos) tan hermosas como estas de La Graciosa”.

Un territorio codiciado

La joya del Archipiélago Chinijo ha sido desde antiguo un territorio codiciado, cuya propiedad se han disputado distintos poderes y administraciones.

El señor de Lanzarote, Diego de Herrera, la cedió a su hijo Sancho de Herrera y éste, que murió sin descendencia, a Constanza Sarmiento de la que pasó a su primogénito Agustín de Herrera y Rojas, primer conde y marqués de Lanzarote, quien en la década de los ochenta del siglo XVI la donaría al Cabildo para uso comunal del pueblo. Su viuda intentaría no obstante recuperarla, pero el Consistorio impuso sus derechos y en 1634 acordó arrendar La Graciosa al mejor postor en calidad de dehesa, sin prejuicio del uso reconocido a los isleños sobre la caza, la pesca y el marisqueo.

Aprovechando la coyuntura de inestabilidad provocada por la invasión de España por las tropas francesas, la huida del monarca y la constitución de las Juntas Supremas, el coronel Francisco de la Cruz reclamó La Graciosa para sí en 1808, pero el Cabildo elevó un expediente a la Corte logrando conservar el derecho para los vecinos de Lanzarote.

A partir del año 1812 quedaría anexionada a la Villa de Teguise, si bien en 1835 un descendiente de Agustín de Herrera demandó su privilegio sobre la isla, pretensión que litigó y ganó nuevamente el Ayuntamiento, intentándolo nuevamente aquél de manera contumaz, pero en vano, un año después.

Lo cierto es que la titularidad de este territorio siguió envuelta en un halo de polémica. En 1930, el Ayuntamiento de Teguise argumentó frente a las pretensiones del Estado que La Graciosa la había cedido el primer marqués de Lanzarote al Cabildo para aprovechamiento comunal y que, desde entonces, la administraba esa corporación, aunque nunca lo acreditara de manera irrefutable. Con ocasión de la Guerra Civil se paralizó momentáneamente el debate.

En 1944 el Ayuntamiento tramitó la concesión a los habitantes de la isla de unas 2.720 hectáreas para su uso en actividades agrícolas y ganaderas como la caza de conejos y pardelas, fabricación de cenizas, aprovechamiento del cosco y la cochinilla. Y sería en1949 cuando el Ayuntamiento de Teguise iniciaba su inscripción, algo tarde, en el registro de la propiedad.

En 1963 se reabrió el expediente y el punto y seguido llegó cuando el Gobierno de Canarias, en virtud del Decreto 89/1986 de 9 de mayo, declaró a La Graciosa junto con los restantes islotes, el Risco de Famara, en Lanzarote, y las aguas circundantes, Parque Natural y por tanto bajo administración estatal, con la excepción de los cascos urbanos de las poblaciones de la Caleta del Sebo y Pedro Barba, adscritos a la Villa de Teguise. Sin embargo parece que las disputas no cesan. Este mismo lunes, 24 de junio, el Ayuntamiento de Teguise afirmaba que defenderá frente al Estado que la propiedad del suelo de La Graciosa le corresponde a los vecinos, tras conocerse que el Ministerio de Hacienda les reclama una cantidad de dinero o bien que justifiquen por qué parte de sus solares invaden el dominio público estatal.

Platocanario.es Pescadores en la isla de La Graciosa (FOTO: Javier Reyes Acuña/memoriadelagraciosa.com)
Pescadores en una barca (FOTO: Javier Reyes Acuña/memoriadelagraciosa.com)

Un enclave pesquero estratégico

El valor estratégico de La Graciosa, cercana al continente africano y a sus excepcionales  caladeros de pesca, dotada de abundante sal procedente de los pies del Risco de Famara, fondeadero apacible y con una temperatura ideal para el secado y el salado, pese al secular déficit de agua potable, la convirtió en espacio privilegiado para acoger una industria de salazones.

El proceso de desamortización y la reprivatización de los bienes comunales en la España del siglo XIX, la difusión de numerosos estudios que resaltaban las cualidades naturales de la isla para implantar este tipo de factorías, unida al contexto geopolítico marcado por el colonialismo, con las potencias hegemónicas repartiéndose sobre un mapa extendido sobre la mesa de un despacho, a trazos de escuadra y cartabón, el dominio del continente africano y, por tanto, la explotación de sus materias primas se conjugaron para alentar esta aventura comercial.

No obstante, las diferentes propuestas que solicitaron la concesión de estas explotaciones partieron de un error capital que las abocaría definitivamente al fracaso. De una parte, al considerar que las pesquerías africanas eran superiores a las de Terranova y, sobre todo, por la creencia de que una especie como el cherne pertenecía al género Gadus morrhua o bacalao del norte, en su obsesivo afán de competir con las importaciones noruegas. En este sentido, un informe del italiano Enrico Stassano criticaba las obras de Glas, Berthelot y Silva, por estimar que habían perpetuado la falsa idea de la existencia de un bacalao en aguas del caladero canario-sahariano como recoge Jesús Martínez Milán en su trabajo Las pesquerías canario africanas (1800-1914).

El primer proyecto que postuló La Graciosa como base de una industria de salazón lo lideró entre 1852 y 1858 el malagueño Rafael Cappa Maqueda, segundo piloto de Indias, quien constituyó junto al norteamericano Eduard Belknap Hodges la sociedad Rafael Cappa y Compañía, que entre sus objetivos preveía armar una flota de treinta buques de sesenta toneladas, además de la dotación de infraestructuras para el tratamiento del pescado en la idea de competir en el mercado peninsular con el demandado bacalao importado desde Inglaterra y Noruega

En abril de 1861, el Ministerio de Marina le otorgaba la concesión y un año después Cappa solicitó un período de vigencia de noventa años, que le fue denegado en 1864. El caso es que el malagueño había fallecido en 1863, quedando integrada la sociedad desde entonces por Adela Clemencia Peraur y Juan Maqueda, esposa y tío del difunto, además del norteamericano Belknap, quien impulsó la construcción en la isla de dos casas, un almacén y un secadero. Pero la fatalidad quiso que en 1866 falleciera también la viuda, que era la beneficiaria de la concesión, y ante la imposibilidad legal de su traspaso a Belknap, dada su condición de extranjero, la sociedad acabó disolviéndose.

En una crítica coyuntura política y económica, la valenciana Francisca Gascón Segarra elevaba al Estado en 1868 la solicitud para instalar una industria de salazón en La Graciosa, petición que le fue concedida, pero la pésima situación económica y financiera, sumada a la inestabilidad socio-política por la que atravesaba España terminaron por malograr aquel proyecto.

Y a la tercera sería la vencida. El protagonista, un gallego de nombre Ramón de Silva Ferro, teniente de navío de la Armada y secretario de la Legación de Honduras en Londres, quien siguiendo la equivocada tesis de George Glas, Berthelot y Silva sobre la presencia de bacalao en los caladeros del banco canario-sahariano presentó su solicitud para montar una industria de salazones en La Graciosa con fecha 9 de octubre de 1871, y que contaría con los parabienes de la administración un año más tarde.

Lo cierto es que ante la imposibilidad de cumplir con los plazos estipulados, en 1875 Ferro volvió a solicitar la concesión -ese mismo año hasta publicó un libro donde explicaba los distintos estudios que había realizado para instalación de la factoría- pero al no disponer de ninguna ayuda financiera para poner en marcha su proyecto se vio abocado a pedir una prórroga por tres años más que le fue aceptada.

En noviembre de 1880, transmitía al Ministerio de Marina su deseo de traspasar la concesión a una empresa española, denominada Sociedad Anónima de Pesquerías Canario-Africana, de la cual formaba parte como socio fundador y accionista, y que se constituyó en Madrid, un mes más tarde, con un capital social de 500.000 pesetas, que tan solo un año después ya se habían evaporado.

Este proyecto había previsto la compra de ocho buques de vela  de cuarenta o cincuenta toneladas cada uno, además de otros tantos de vapor con el mismo tonelaje. Las construcciones para el funcionamiento de la industria de salazón estaban compuestas de un edificio que funcionaba como factoría, las viviendas para los operarios y los cobertizos. Pero la sociedad entraba en quiebra en noviembre de 1883, en gran medida, tal y como sostiene Martínez Milán por causa de  unas cuantiosas inversiones sin un retorno equiparable de ingresos y por el erróneo empeño de la empresa en dirigir su flota a las costas del sur en busca del inexistente bacalao.

Tras aquel estrepitoso fracaso, Ferro no cejó en hacer realidad su sueño y a principios de 1884 formó una nueva sociedad con su amigo Federico Rubio Gali, bajo el nombre Gali y Cía, esta vez orientada a la captura del arenque, pero la fatalidad quiso que Ferro falleciera a finales de 1884 en el banco pesquero, al colisionar el bergantín Pelayo donde estaba embarcado con el bricbarca Exile de nacionalidad canadiense y con él, catorce años de ímprobo trabajo tirados por la borda.

Platocanario.es Pescadores en la isla de La Graciosa (FOTO: Nick y Elza Wagner/memoriadelagraciosa.com)
Pescadores en la isla de La Graciosa (FOTO: Nick y Elza Wagner/memoriadelagraciosa.com)

El poblamiento de la isla

No hay una fecha que fije el momento exacto que dio origen a un asentamiento humano permanente en La Graciosa.

En el Cuaderno de Difusión Cultural nº 32 del año 2010, Francisco Hernández Delgado, señala que tras la muerte de Ferro, en agosto de 1844, “los trabajadores y sus familias (…) deciden quedarse a vivir en la Graciosa”. Una vez liquidada la Sociedad de Pesquerías, ésta donó a los trabajadores y a sus familias las instalaciones que se habían levantado en La Graciosa.

Con piedra seca y y restos de maderas y materiales de las antiguas instalaciones de las fábricas se fue levantado un poblado de chozas, que tomaría el nombre de Caleta de Sebo.

Una hipótesis diferente es la que defiende Agustin Pallarés, quien a partir de fuentes orales plantea que los primeros pobladores fueron cuatro matrimonios que procedían de Haría, pero estaban residenciados como pescadores en el puertito de Arrieta. De tal manera que concluye que “el primer asentamiento estable de La Graciosa debió producirse, con toda probabilidad, en la segunda mitad de la década de los ochenta del siglo XIX” y a partir de pescadores de Lanzarote, concretamente del pueblo de Arrieta, que no se hallaban unidos por ningún lazo de índole laboral a La Sociedad.

En un trabajo titulado Genealogía de la isla de La Graciosa (2019), Felipe Enrique Martín Santiago apunta la presencia entre los primeros pobladores de familias originarias de la isla de La Palma, concretamente de Garafía, lo que le induce a pensar que esta razón pudo “motivar unas características peculiares en el habla de la gente graciosera, distinta a la de los vecinos de Lanzarote”.

En 1887, La Graciosa ya se incluía en el Nomenclator con el nombre de Caserío de la Graciosa.

En los primeros años del siglo XX, un grupo de familias procedentes de Haría y Caleta de Famara se fueron asentando en  el extremo nororiental, y siguiendo el ejemplo de las gentes de Caleta del Sebo también se establecieron de forma permanente, bautizando el lugar con el nombre del afamado marino Pedro Barba.

Apuntes antropológicos

Manuel del Río Suárez, profesor de Antropología de la UNED, sostiene en un artículo concebido como una aproximación antropológica, que la actual población graciosera desciende presumiblemente de “las siete familias de pescadores de las zonas de Arrieta y Arrecife que se establecieron permanentemente en La Graciosa”, en base a la frecuente coincidencia de apellidos y grados de parentesco entre los habitantes actuales, que a su juicio conlleva un elevado grado de endogamia.

Además, entre las características que definen a este grupo humano destaca el estudioso que esta comunidad “es consciente de la exigencia de conservar su sistema ecológico”, de ahí que explote “con delicadeza”, dice, la fuente de su supervivencia y hasta de su razón de ser: el medio marino.

El que fuera catedrático de Antropología de la Universidad de La Laguna, José Alberto Galván Tudela, analiza en una comunicación titulada Identidad local y ritualización festiva (A propósito de La Graciosa), algunos comportamientos sociales de estos isleños.

Galván explica que “marginados política, económica y administrativamente, sobre los gracioseros se construyeron estereotipos, imágenes que aún perduran” que son en

Cierta medida falsas. Así, se ha pasado de concebirlos en tomo a los años 50-60 del pasado siglo en positivo, como la gran Arcadia, el gran paraíso, a otras consideraciones que los tildan de muy orgullosos, con un carácter hosco. Para el catedrático “los gracioseros no son menos abiertos que los pescadores de La Restinga (El Hierro), El Puerto del Carmen (Lanzarote), Alcalá (Tenerife) o Agaete (Gran Canaria)”.

Precisamente, subraya no que la fiesta de la Virgen del Carmen es, a la vez, una fiesta de pescadores y una fiesta para fortalecer la identidad insular.  Pero si algún símbolo, además de la virgen marinera, es propio y sobre todo específico de La Graciosa es la ritualización de La Quema del Italiano, apodo que los marinos gracioseros recibían de los habitantes de Arrecife a su regreso de África, al parecer por la similitud en el color de su vestimenta azul, pañuelo amarillo y sombrero de empleita con los italianos que participaron en la Guerra Civil española.

Según algunos autores, este ritual simboliza la quema de nuestros pecados, «lo malo que llevamos dentro», o también recordar al quemar el muñeco que la fiesta es un tiempo pasajero.

“Pero, a diferencia de otros pueblos canarios, al italiano no se le emborracha, se le insulta o se le castra, en señal de castigo. Sólo los vecinos al pasar preguntan al autor del mismo por quién es, se ríen o expresan lo bien que ha quedado, nunca reconociéndose totalmente a sí mismos”, subraya Galván Tudela. En vez de destruir simbólicamente el pasado, el graciosero mira en las entrañas de su historia para identificarse como él mismo es: graciosero, graciosera, pescador, ma- riscadora, octava isla, isleño.

FOTO de portada: Javier Reyes Acuña/memoriadelagraciosa.com

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